Ser casa de acogida no es “tener un perro por un tiempo”.
Es abrir la puerta… y el corazón.
Es recibir a alguien que llega con miedo, con historias que no conocemos, con el alma un poco rota.
Es tener paciencia cuando tiembla, cuando no confía, cuando no entiende que esta vez nadie le va a hacer daño.
Es celebrar pequeños milagros:
la primera vez que mueve la cola,
la primera noche que duerme tranquilo,
el primer lametón tímido que dice “gracias por no rendirte”.
Duele despedirse, sí. Mucho.
Pero ese adiós viene acompañado de algo más grande, la certeza de haber sido el puente entre el abandono y el amor definitivo.
Ser casa de acogida es amar sin poseer, es sanar para dejar ir, es salvar dos corazones: el suyo… y el tuyo.
Porque mientras ellos aprenden a confiar de nuevo, nosotros recordamos lo que significa amar de verdad. 🐶






